Soy una gran fanática de las montañas rusas. Las conocí por primera vez a comienzos del 2006, cuando me fui de viaje (y de vieja, que era la más grande en todo el grupo) a Orlando, Florida. Haciendo fila para subirme a la primera, se me ocurrió que quizás podría tener alguna fobia oculta a las alturas y que todo aquello era una pésima idea, y estuve a un paso de salir corriendo si no fuera porque una amiga me agarró del brazo y me clavó las uñas con tanta fuerza que me quedé a su lado lloriqueando hasta que nos sentamos en el juego. Más tarde se lo agradecería mucho.

Juro que esta anécdota tiene un punto. En fin, había una montaña rusa en particular a la que realmente me quería subir - a SheiKra, la famosa montaña de caída de 90 grados. Recuerdo que, aún con unos "fast pass" que nos permitían ir más rápido, estuvimos esperando unas dos horas y media. Cuando finalmente llegamos, mi corazón estaba latiendo con tanta fuerza que pensé que me iba a desmayar. Desde la cima del juego se podía ver casi la mitad del parque, y nos estábamos por sentar en la segunda fila, así que mis expectativas rayaban el cielo. Entonces nos sentamos, nos abrochamos los cinturones, nos bajaron las barras de seguridad... tomé aire y me aferré con fuerza. Comenzó lento, para después acelerar más y más... nos acercábamos al borde y BAM! salió disparada como una bazooka. Gritamos como monos, se nos llenaros los ojos de lágrimas por el aire, y entonces vi la caída. No era de 90 grados. Caímos rápido, sí, pero otras montañas rusas habían tenido más velocidad. Y en cuanto llegamos al final, continuamos por unos cinco segundos más en una vía derecha, tranquila, hasta que llegamos al final. Casi tres horas de mi vida por 20 segundos que, al final, no habían sido tan divertidos como esperaba. Hoy, cuatro años después, he llegado a la conclusión de que los dramas son muy parecidos a una montaña rusa.